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notas
invisibles
BIRULA
tratados sobre vialidad, tránsito, desplazamiento, urbanismo.el ciclismo es un pretexto.
LAST
01
La única regla para rodar en bicicleta es que no hay reglas. Muchos o todos querrán poner su dedo índice para decir, las reglas son éstas o éstas. Pueden bien tomar ese dedo índice e introducirlo donde mejor les plazca. La bicicleta es de una ambivalencia que la caracteriza. Sin lugar a dudas, es un transporte libre. Libre como cuando se era un niño y se descubría una interdependencia aparte, de caminar o correr. El viento en la cara, las bajadas pronunciadas, el riesgo y peligro. Las expediciones con camaradas aventureros pequeñitos y sin ningún permiso. Estaba mal hacerlo, no avisarle a nadie y no nos importaba. Ibamos al encuentro de una experiencia, de una vivencia de risas para gritar que estábamos vivos. No tiene reglas porque el mundo está infestado de ellas, porque los jóvenes reclaman más y más reglas a sus padres que les enseñaron con planes y esquemas a moverse entre la jungla de concreto, quieren que les ordenen qué es el bien vivir porque han visto todo tan retorcido y todo tan mentiroso. La bicicleta es un objeto tan hermoso, por su indeterminación, que desde luego muchos quieren apropiárselo y decir esto es así y así, esto debería ser así o así. La bicicleta, el velocípedo, es un transporte, es una oda. Una ida y vuelta hacia los lugares recónditos del nunca así, de ese modo. Sobra decir que, cada vez es cada vez.
02
Este escrito llevo años posponiéndolo. Entre por recopilar sustancia, entre por no intentar dar ese relato parcial, emotivo y de mi sujeción a ese instrumento. Sino para poder ser otros a través de ese instrumento. La otra noche, pasada la media noche, he ido infinidad de veces en la noche con ese caballo; un loco, un trastornado por el alcohol, a contracorriente del sentido de la calle, semi desnudo sucio y desarrapado gritaba. Al verme gritó: ¡qué viva la birula, qué viva!!! ¡Compatriota del universo! Así es como decidí no retrasar más esta larga carta.
03
No hay reglas. El límite es la piel. Sin contar tu vida tus órganos tu cerebro, etc… Lo que está expuesto es tu realidad física. Si te matas es por tu imbecilidad. Puedes ser tan cauteloso y prudente como quieras o no. Ahora, he visto psicópatas al volante que en nombre de la ley estarían dispuestos a arrollarte con tal de demostrarte que no te puedes saltar una luz roja. Yo, en lo personal, me cuido más de estos fantoches farsantes de la ley que de una luz roja. Para ellos es un pedazo de lámina, para el ciclista es su piel, su vida.
04
Nadie te toca. Es un símbolo muy extraño. Te juzgan como pobre. Nadie te asalta nadie te detiene, en caso de ser así, puedes tomar calles en sentido contrario o subirte a las banquetas, etc… he huido de posibles encuentros de peligro con artimañas que en un carro o a pie son imposibles. Eres un paria en medio de tanto pretendido potentado. Pasas desapercibido en la calle de sus altezas reales.
05
Esa ciclo vía sirve para pura verrrrrrrga, para un simulacro más. Entre los que salen de sus cocheras los que se meten dejando el auto ahí minutos, los que se estacionan en doble fila, los que abren las puertas sin ver si viene un ciclista, los que dan la vuelta sin direccional, los que se asoman con sus cofres y bloquean el paso, los transeúntes que caminan por ahí, los que esperan al camión parados en la vía, los ballet parkings con sus empleados arracimados en bolas nudosas impidiendo seguir, en fin, con todos sus obstáculos no sirve para absolutamente nada, es un adorno de la política y sus convencionalismos.
06
Volver a hacer, o extender, mi crítica a la ciclovía. El mentado trecho asignado a las bicicletas es estrecho, plagado, como queda constatado más arriba. Es defectuoso, el pavimento está irregular, en partes con baches abismos, con protuberancias hechas por las raíces de los árboles. No sé si dije que los peatones las utilizan para caminar porque los carros a veces están estacionados en las entradas obstruyendo el paso por las aceras. Esperan sus camiones ahí, etc. estorban cual monumentos a la idiotez. Son estacionamiento. Sin contar los hocicos de los coches que asoman en las esquinas o las trompas de los carros que se salen sin ver desde sus garajes. La clase media es medio estúpida para manejar y a eso súmale su poco o nulo raciocinio para pensar en los otros. Es tan estrecho que no caben bien dos bicicletas, algunas bicicletas violando el sentido vienen en contra sentido, es un tumulto de obstáculos. Casi siempre tengo que salirme por los estorbos continuos, a riesgo y peligro de ser atropellado por el sin fin de psicópatas al volante. La vialidad es un infierno por las ciclovías, fuera de ellas también. Sólo que sin ciclovías es mucho más dinámico. Al menos no se pretende, se sabe que es así. Cuando se trata de compartir con el trolebús u otro transporte público jamás respetan al ciclista, lo arrollan sin miramientos. Somos dentro del sistema de castas vehicular simples moscas que han de quitar de un manotazo, nos detestan y el sentimiento es mutuo. En esta ciudad de locos todos nos odiamos y no sabríamos vivir sin ese odio. Otro aspecto, es que al llover, dado el deficiente drenaje de las calles, a donde va a parar el encharcamiento, esa agua hedionda, esas aguas sucias y anegadas, exacto, al carril de la ciclovía que de por sí está invadido por todos. Pantanos de agüita puerca.
07
breve y enfática descripción urbana de la ciudad ideal. el que desee ser propietario de una máquina de combustión interna que genera su propia y exclusiva huella de carbono, deberá pagar por ocupar un espacio en el planeta. ningún coche deberá estar estacionado en la calle. si tienes carro, debes de pagar un estacionamiento en una propiedad, en algún interior, no en la calle que es de todos, es la vía. tener automóvil debe costar. ese privilegio de ser dueño del transporte debe ser el que tengas un lugar donde ponerlo. y cada vez que vas a cualquier lugar debes tener donde estacionarlo y/o pagar por guardarlo. si tienes un negocio, tendrás que construir un estacionamiento aledaño, subterráneo, en el techo con rampa. ningún carro estará inmóvil ocupando un espacio ni sobre la calle, ni sobre la banqueta. ni se verán mas que como un lujo del movimiento y la ruindad, del egoísmo. los niños tendrán que forzosamente ir en transporte escolar, porque así se liberarían dos carriles de las madres que se estacionan en la doble fila de su prepotencia. después habría que mejorar el transporte público, abastecer la demanda, y que sea eficiente. un carril del tamaño normal es para las bicicletas. las banquetas deben ser del ancho de un carril. sembrar árboles, más y más árboles que dan oxígeno, sombra, claridad, pájaros, a veces frutos, frescura. colocar espacios abiertos de flores y pasto donde reposar nuestras nadas. bancas en cada esquina a mitad de cuadra, para hablar intercambiar ideas de nuestros barrios, ponernos de acuerdo, festejar, ligar, conocernos, enamorarnos. recuperar las calles del infierno del automóvil. parques de juegos, mesas de cemento con musgos para apoyar nuestros juegos de mesa, nuestras bebidas y comidas que compartiremos con extraños, que nunca serán del todo extraños.
08
Carros estacionados, carros esperando, carros ocupando un espacio inmóviles en la calle, en doble fila, carros abordando o descendiendo personas sobre la calle: multa. Carros con una sola persona a bordo: multa. Carros semi grandes o grandes, esas camionetas que se han puesto de moda, para creerse aventureros y sólo son unos fofos rutinarios de oficina. Ese tipo de autos sólo servirá para transporte de carga. si no traes carga que lo justifique: multa. Son un gasto energético innecesario, para gente que fantasea ser algo o alguien. Como todos sabemos esto sólo es un decir, en un país en el que no se hace cumplir la ley, y sólo los pobres están sujetos a pagar las desventajas y a ser condenados.
09
Claro que hay un tonto entre los tontos, como en todo pueblo. Un tonto destacado. Un pendejo sobresaliente. Uno que trae un letrero por la calle: no me importa nadie, no me importan los otros. Es esa motocicleta ensordecedora, que aturde, que hace ruido, que espanta, que pasa sobre los otros. Un abuso perceptivo. es el tonto entre los tontos, el estúpidp por excelencia, excepcionalmente pendejo. Alguien que grita, véanme, estoy aquí, listo, soy este estúpido, mírenme. nunca he podido despreciar a nadie tanto como a este sujeto, este atáud móvil. Iba el oftalmólogo y hacía una broma al respecto con su hijo que se dedicaba a la misma profesión, al ver pasar una moto se decían: mira, ahí va otro trasplante de córneas fresco.
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Hay una comparación que hice hace demasiado tiempo, con respecto a los otros móviles. El coche es un armatoste, hermético, no le entra ni un grito, es un fierro, un arma. Es de esos objetos creados para facilitar la vida, un mecanismo automático que le ha permitido al ser, creer que puede hacer lo que le plazca, llegar a donde sea, empollar un culo gordo. La curva del vértice evolutivo es un culo gordo. Contamina, emite gases, cuando se va en bicicleta en la inmensa ciudad, huele a esos escapes expidiendo sustancias cuya combustión interna hace toser, es tóxica. El auto, privado del ambiente se cree normal, se cree común, sencillo, pasa inadvertida su podredumbre. En este país dota de pedante estatus. Viven en su auto, la mayoría pasa horas en sus autos, hacen sus vidas en sus autos. Erigen altares a sus autos. Casi nunca me respeta un auto, con su anonimato, se abre camino sin cuidado, sin la supuesta conciencia que dice tener esa clase preponderante. Es el petulante ad hominem, con dos o tres pedales y un volante se sienten los monarcas, siendo unos pobres esclavos de su auto. Trabajan para el auto, más de lo que creen. ¡Lo que consume ese artefacto! La bicicleta está próxima a la motocicleta o al peatón, sin ser ninguno de estos. La motocicleta es distinta, va a otra velocidad, tiene otra magnitud y potencia. Con una manija se alcanzan velocidades de vértigo. A mí, me parece que es demasiado, para la velocidad de reacción que tiene un conductor. Como conductor de auto, siempre hay que estar cuidando a los motociclistas que salen de improviso, por sorpresa, por asalto. La adrenalina se vive distinta a la de la bicicleta, parece virtual, aunque sus cuerpos, tangibles, materiales, como lo hemos comprobado, se desbaratan en caso de accidentes. Parece un juego de video, pero su vida no es virtual, a pesar de que quieran retar con su destreza a la muerte, la probabilidad se inclina a que pierdan la vida. Un motociclista con sus arrebatos y su pasión es un suicida en potencia, es muy fácil acelerar, es emocionante, sin duda. La bicicleta está cerca al peatón por su humildad. Podemos cruzar en donde los peatones, cabe mejor que una motocicleta entre los coches. He rebasado motocicletas en el tráfico, porque aquellas se atoran, y el sigilo de la bicicleta pasa. Mas un peatón no alcanza las distancias que alcanza una bicicleta, he ahí la diferencia. El peatón corriendo no rinde la fuerza de la bicicleta, la distancia se multiplica. Es cierto, en la bicicleta también se pueden alcanzar velocidades trepidantes, pero es distinto, la emoción está unida al esfuerzo y los sentidos. Es decir, la percepción se agudiza, se es más un animal, un venado o una gacela, un leopardo o un chita, un caballo o un rinoceronte. Se siente, sobre todo, se siente. La responsabilidad de su vida reside casi por completo en el ciclista, no puede delegar o transferir ese peso a nadie.
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Pareciera que tienes un pacto con el diablo. Envejeces lento, no sufres de dolores, estás calmado, te sitúa a la altura de las nubes. Vives ensoñaciones, risas y juegos silenciosos al rodar. Fantaseas. Estás alerta, vivo. Disipas los malestares. No crees en nada, ni en nadie. Dudas que te vayan a escuchar algún día. No te unirás jamás a la molicie humana.
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Un cerdo me hizo señas, un puerco con sus narices asquerosas se atrevió a quererme aleccionar desde su volante, un marrano con su barriga me gritó que no me cruzara el semáforo. Voy a hacer una confesión en voz alta: nunca me detengo. No me importa nada, soy un trapecista. Si creen que bajo la ley pueden ejercer legítimamente la violencia, les diré que solamente son estúpidos autorizados para ser pendejos psicópatas. Los he visto millones de veces, creerse capaces de asesinar tan sólo porque los respalda el semáforo. Ese maldito gordo inflado que le cuesta trabajo respirar, bufa y babea, que sólo oprime su acelerador y freno, que se cree con razón de todo, ese pobre animal castigado por sí mismo, cree que tiene derecho a castigar a todos, ese pusilánime que apenas se mueve, no puede venir a decirme que puedo o no puedo hacer.
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Es tan difícil gobernar y yo buscaba un ejemplo claro: tan sólo hay que mirar el orden vial de esta ciudad para notar que es imposible guiar siquiera, para que llegaran a conducirse mediananamente regulados. Las reglas imperantes en este caos… La impunidad con que cada cual hace su santo demonio. Y no es queja, me uno alegre a esta demencia siniesra, a esta locura de homicidas, a esta anarquía que reina y flota en el paisaje.
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Dejar pasar: nunca. Es la ley de la calle. Van a ganar dos segundos, ojalá lleguen antes a su maldita muerte, eso les deseo de todo corazón, que lleguen antes, que se mueeeeeeran... No entiendo a esos peatones debajo de la banqueta siempre, ha de ser… querer morir en un cruce de caminos. Inexplicable.
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Una vez tuve un amigo que después ya no fue mi amigo, esa es otra historia larga y tediosa. El caso es que un día me dijo que un amigo o conocido suyo que andaba en bicicleta le dio cáncer por andar en bicicleta por la ciudad, se le nublaron los pulmones. Aún lo veo hoy, lo dijo con una cierta cizaña y envidia. Después ocurrió lo que ocurrió, él me odio por motivos que no diré aquí, pero consiguió a su vez que lo despreciara por siempre. Lo que se dice: lo logró. Pobre desgraciado… años después me enteré que le dio cáncer y terminó matándose por motivos desconocidos para mí. Hoy él está muerto y yo sigo andando en bicicleta. Yo tengo una enfermedad, a mí no se me olvida nada.
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Incentivaron la compra y el uso del automóvil particular. Promovieron, priorizaron, trabajaron para que la clase media aspirara a creer que un auto, era para lo que vinieron al mundo. Que su vida giraría en torno a esa devoción automotriz, a honrar un mueble móvil. Cada cual creyó que proyectaba la sala de su casa, lujosa o precaria a la auscultación del otro. No diré nombres, pero las obras viales de cuatro décadas estaban marcadas para favorecer a la industria automotriz. ¿Cuánto pagó a los gobiernos para que crearan dicha infraestructura? Punto y aparte. La huella de carbono, en la era de la combustión petroquímica es lo que menos les importa, se trató de generar ganancias a la industria extranjera. El resultado es visible, palpable, vivimos a diario el laberinto vial, el abarrotamiento de las calles, el aire fétido, un tráfico intransitable. Estamos en un infierno constante allá afuera. No alcanzó, es más, lo fomentaron. Si se les salió de las manos, no lo van a aceptar. En lo estancado lo que aflora es la desesperación por habernos metido en este callejón sin salida, en esta trampa.
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Cuando alguien me dice que el casco que se usa para la bicicleta, sirve para lo mismo que un queso. Esto es: para nada. Contesto que no lo hago por mí, lo hago por la gente que limpia las calles. Limpiar masa encéfalica embarrada en el asfalto no ha de ser nada agradable. ¡La espátula! Qué asco…
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No están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, pero soy muy ciego. Uso lentes de contacto especiales y encima unos anteojos para aún así recibir y registrar la inexactitud de la realidad. Más de la mitad de mi percepción proviene de los oídos. Me la paso abstraído de este mundo. Por costumbre, abstraído, me quedo viendo la nada, pensando en algo. Desde pequeño fui así, es algo físico. Es tangible, una deficiencia material con sus consecuencias materiales, quizá de soslayo interfiera en mi comportamiento. Por la calle sobre todo soy… todo oídos. Me gusta tener una bicicleta de montaña con amortiguador frontal para no preocuparme de los hoyos, accidentes del asfalto, me agarro duro y no paso apuros. Se podría decir que no necesito ver. J.M. hizo ghost dog y T. K. hizo Zatoichi, algo así creo que soy. No soy de la idea de usar audífonos mientras pedaleo. Si lo hacen, es bajo su propio riesgo, aquí nadie cuida al ciclista mas que el ciclista mismo. Recoger sus pedazos resultará sobre todo, engorroso, un verdadero fastidio. Por lo demás, el que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe. No tiene precisamente que ver, pero igual, el siguiente pasaje ilustra. De niño me molestaban unos compañeros en la escuela. Eran, digamos, “mi grupo de amigos”, en 6º de primaria. Eran dos pares de primos, yo el quinto era el dispar y con el que se ensañaban. Yo aparte, estaba mal, por otras cuestiones que aquí sobra explicar. Al salir del ciclo, me cambié de casa y nunca, casi nunca los volví a ver. Años después, un día recibí una llamada. Habían tenido un accidente. Iban en un automóvil con la música a todo volúmen y no oyeron la ambulancia que los arrolló. Uno de ellos murió, esto nunca se lo he dicho a nadie, a nadie. El que murió era uno que me había molestado con una saña inaudita, de ellos, sin miramientos, era el único que consideraría un niño malvado, los otros sólo eran borregos de ese otro niño malvado, un niño siniestro, como tantos otros. No oyeron la sirena, se los llevó… una noche. Uso mi audífonos en un gimnasio al entrenar. Pongo pop ó hip hop ó reggaetón, y desaparezco de aquí. Floto. Me encanta la música, es una de mis pasiones, hermosa pasión: escuchar. En fin, no creo que tenga que ser el motivo de una muerte, estúpida muerte. La oscuridad es mi camino.
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Todos en este mundo creemos de modo ferviente que nuestra versión de los hechos es la que debería predominar. Nuestra percepción nos juega el truco, al grado de pensar que lo de los otros no es válido, sólo nuestra disque auténtica verdad, en la que nos empecinamos en la terquedad más deplorable, sería lo cierto de la realidad. Imbuidos en nuestras propias nociones, no miramos lo de los otros. En mEjico desde que eres pequeño, te enseñan la supervivencia básica de este territorio salvaje. A los 5 años me enviaban por los tamales en casa de mi abuela, a cuadra y media, cruzando una calle. Cada vez al salir, me recordaban mirar a los dos lados para cruzar la calle. Comía mi tamal de mole, y a esa edad me parecía una aventura, una verdadera travesía. Será mi época, la condición de mi sector social: volteábamos a mirar los dos lados. Ahora, o están estúpidos o no viven aquí, viven en sus fantasías donde la ley se cumple y no hay desorden público. El otro día, yendo en sentido contrario, trepado en mi bicicleta, me topé con un señor en motoneta que me gritó
- __________.- Inmediatamente contesté, - ¡VIva mEEEjico pendejooooOOO! -
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No lo sé. No hay precaución total. De todas maneras lo peor no sería perecer. Lo peor sería terminar parapléjico, lisiado, una zanahoria en la sala de casa de tu madre, un apio que parpadea y respira. La calle de esta descomunal, caótica y monstruosa ciudad, tiene ciertas y variadas lógicas. Tampoco se mueve en el desvanecimiento total de unas líneas guía. Haré una lista breve de ejemplos claves. Anticipo si van a dar vuelta en una esquina, a pesar de que nadie o casi nadie ponga sus luces direccionales, ni intermitentes. Me aprendo las vueltas de las rutas. Intuyo ciertos movimientos preestablecidos en el tránsito. Con sigilo en algunas ocasiones, con arrojo en otras. Preveo. Me subo en los pedales para ver desde arriba el tráfico. Chiflo fuerte en ciertas circunstancias. La calle es un tejido que hay que leer, nunca se está al mismo ritmo, hay que ser ahí. El torrente del flujo vial es una bestia embravecida que hay que domar, es un mar. Los signos que presenta la calle son imprevistos, algunas veces actúo a priori, algunas veces calculo, mido las situaciones. Hay que estar preparado para la estulticia humana, para su indecisión constante, para su capricho, no se deja nada al azar, porque no se puede, porque puede costar caro. La lluvia aplaude, el sol agota, el frío cala, el viento sobre la cara refresca. El ruido indica, el silencio es sospechoso, la claridad abruma. Se necesitan más los sentidos que la mentada mente. Se agudiza la deducción para no sucumbir al deseo irrefrenable de suicidarse descabelladamente, temerariamente, en este marasmo que asfixia. Se salta al abismo, se nada en la nada que engulle, que abrasa.
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En Roma, se desplegaron caminos a lo largo y ancho de todo el imperio. Cada camino estaba compuesto, tenía varios estratos, capas que filtraban el agua y lograban conservar su consistencia sólida, impertérrita. La estrategia consistía en que si dejabas de pagar impuestos, por el motivo que fuera, en dos días tenías un ejército tocando a tu puerta, que había venido por dicho camino. Aún hoy perduran muchos de estos trechos. Dejando de lado esto, o no, la ingeniería ha desarrollado los caminos en función de los vehículos. No soy ingeniero, pero mi sentido común me dice que ha prevalecido la forma fría. El concreto, el asfalto, los metales, impermeables y que cada vez luchan para que sean más herméticos y duraderos. Se dedicaron a realizar un mundo cada vez más veloz... Mis observaciones acerca de lo que sería más hermoso, más cercano al paraíso, sería por supuesto lo contrario. Caminos con dicha filtración de sedimentos rocosos,y flora desplegándose hecha por la naturaleza. Banquetas hechas de pasto y plantas, árboles, caminos de piedras para que vayan más lentos y algún día puedan llegar a contemplar sus existencias. ¿Que por qué hay tanto tráfico? Ah pues porque chingatuputamadre.
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El mejor día es cuando estoy solo por completo. Lo más hermoso es estar en silencio, con calma, sin escuchar la locura ajena. No dura demasiado, eso es real, porque además no se puede. Odio a los locutores de radio, con sus voces moduladas, falsas y sus trivialidades, los odio... con el poder de hablar ante tanta gente puras puerilidades, los odio los odio los odio, odio los anuncios, amo la música. Manada... ¿Cuál manada? Nunca he sido partidario de los grandes contingentes. Todo lo que implique un colectivo me resulta sospechoso. ¿Unidos? ¿Un ejercito? ¿Bajo la ilusión de qué? Tumultos. Me suelo reír a solas, luego eso pasa y no vuelve nunca. Todo pasa... Ruedo por las calles como alma que lleva el viento, o alma que lleva el diablo, o alma en vilo, o pasajero de la noche, paseo, respiro, veo las luces fugaces que titilan. A mi ritmo, no soporto que me impongan el ritmo otros, no quiero ir a la velocidad de nadie. A mi aire. No me atrae la idea de corretear a nadie, ni de que nadie se ajuste a mis mil mañas de pedales y rondas, de desafíos e imprudencias. No soporto y no tengo porqué. ¿Estoy loco? Sí, no me toquen. A veces a fuerza de furia, otras de coraje, a veces con una tranquilidad soberana, siempre con un temperamento ecuánime, calculo la descabellada idea de explotar en mil pedalazos. Cuando aparte, me complemento cultivando en un gimnasio resistencia y poder, comienzo a volar. A paso lento floto. A toda potencia, sueño que soy un astro, un bólido, una máquina fría y caliente, un invento tremendo y sin parangón. ¿Manada? ¿Para qué querría ir al paso de la manada? ¿Manada?¿Cuál manada? Yo soy un ave fénix, yo soy una ceniza incandescente, una lluvia de fuego… You motherfuckers can’t tell me nothing.
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Sí te vi idiota, no tienes por qué echarme las luces. Imbécil, no aceleres cuando ves que pasaré. A ver pendejo, no eres el único y dueño de la calle, no estorbes. Estúpido no te estaciones en doble triple fila, qué diablos estás creyendo maldito deficiente del culo. No, hijo de tu puta madre, no puedes desaparecerme, también existo, lamentablemente para ti, que quisieras la calle para ti solo. Así es pelmazo, una puta direccional no te costaba casi nada, pero no, decidiste ser el inepto de tu vida transitoria e insignificante, sin señales. Perro hijo de la chingada abre tu pinche puerta después de mirar que no viene nadie, casi me tiras, tarado. Qué parte de tienes un tope no entiendes tonto, el otro tiene preferencia. Ay, qué tendrán mis ojos que veo puro animal...
¿Estaré mal, si una de mis diversiones, es salir por la noche en mi bicicleta, a dar una vuelta de dos horas por toda la ciudad, con mi colección de luces, a toda velocidad? ¿Estaré padeciendo de mis facultades mentales? ¿A quién no le gusta sentir el poder en sus venas?
Al otro lado del mundo está la India. Del otro lado hay tanta gente como es posible, se conducen y comportan fluyendo. Son tantos, que las calles no se detienen nunca. Todo consiste en dejar pasar y pasar. Aquí, al otro lado del mundo, todo consiste en no dejar pasar, luchar porque el otro no pase. Allá la tasa de mortandad por accidente de tránsito es muy alta, allá dejan vivir y dejan morir. Acá ni viven ni dejan vivir.
Es muy sencillo, a los negocios ya les permitieron adueñarse de la calle y las banquetas, poniendo tarimas para sus mesas, entonces yo me subo a la banqueta. Es muy sencillo, las motos se meten a la ciclovía, entonces yo me salgo de la ciclovía. Es muy sencillo, los carros en el semáforo se ponen sobre el sitio asignado a las bicicletas, entonces yo me pongo sobre las líneas peatonales. Es muy sencillo, esto está atestado y es un desorden, entonces yo voy en sentido contrario. Es muy sencillo, es muy sencillo…
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La estadística dicta que en promedio al día muere un motociclista en esta mole de ciudad y área conurbada de locos. Y que cada dos días muere un peatón o ciclista. La probabilidad de morir por accidente, el riesgo, el peligro incrementa con la velocidad y la menor protección. Morir por riesgo y error, vulnerabilidad. Las ciudades son la demostración de que el ser humano se adapta a lo que sea. El olor a mierda continuo, el mal funcionamiento de los servicios básicos, el desorden vial, el desacato a las leyes comunes y ordinarias para vivir al borde de la muerte. Sin cuya excitación quizá se sentirían por anticipado muertos.
Paseo por la noche dos horas o más por toda la ciudad en la bicicleta. Fresco. Pasé frente a las putas de la merced. Una de ellas me grita: está de la verga eh... jsjjs me río y sigo pedaleando.
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Fui contra todo pronóstico y expectativa, en sentido contrario sobre la calle de Hegel, como una contradicción imparable y sin fin. Esta tarde pasé por Alvaro Bergón y vi por ella muchos jotos. Deambulé sin rumbo un rato, me orienté por las oleadas de personas, el viento con su leve lluvia. Hace diez quince años yo era otra persona, otro talante, otra fuerza, otro cariz, ángel o demonio. Los veo pasar, a dos jóvenes ciclistas, miran al ruco, no saben que aún siento de vez en cuando bríos y la sangre caliente. Pedaleo y los veo alejarse (inconscientes). Aún así festejo la longitud y no la velocidad de mis recorridos. Extraño la euforia, no lo puedo negar. Puedo estar tres horas montado, sólo viendo lo que pasa y nada pasa de verdad salvo la marcha fúnebre del tiempo. Todos estos espectros de búfalo asesinados. Voy en mi carruaje infernal, y alegre, danzo como un caballo en festival.
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¿Quizá la cuestión ética radica en pelearse o no pelearse? méjico, el mundo, cada vez es más egoísta. hace 15 años me peleaba en la calle, por los infractores, gritaba, hacía corajes... Hoy día, no lo vale, mi hígado y mis riñones no lo valen. A la gente no le importa el ciclista, y a decir verdad, a mí no me importan los mierderos conductores de automóvil. Infligen la ley cada vez que pueden. No los culpo. Trato de entenderlos en su miseria. Por todos lados abusan de ellos en esta política económica, así ellos tratan de sacar raja en un espacio, en un segundo, en una pasada, en un lugar, en todos lados irrespetan la ley y a los otros. No se les puede culpar, se los cogen día y noche, los violan día y noche por todos sus agujeros... por algún lado se tendrían que desquitar. Yo no me enojo, cuido mi vida y estoy alerta todo el tiempo. En la bicicleta hay que estar presente, no puedes ir saboreando lo rico que te cogiste a tu novio anoche, no puedes ir recordando lo rico que te cogiste a tu novia anoche, tienes que estar ahí, ser ahí, en el presente sin cuartel ni tregua. La respuesta queda irresuelta en realidad, cada cual hará lo que le convenga, a mi no me trastocan el día, estoy acostumbrado a que sean unos mierdas hijos de puta y no van a cambiar.
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Las dos veces que me han atropellado fuerte y grave, fue alguien que se pasó el rojo de un semáforo. Desde ahí, yo, Yo, yO, YO, no obedezco las luces, miro la calle, no las señales de tránsito. Aquí nadie sigue las reglas de nada, entonces, lo mejor es oír y ver que no venga un/a pendej@.
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Las dos veces que me han atropellado fuerte y grave, fue alguien que se pasó el rojo de un semáforo. Desde ahí, yo, Yo, yO, YO, no obedezco las luces, miro la calle, no las señales de tránsito. Aquí nadie sigue las reglas de nada, entonces, lo mejor es oír y ver que no venga un/a pendej@.
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Yo era un ciclista normal, con una vida normal, en un barrio normal con gente normal, perros normales, aceras normales, alumbrado normal, sin grandes exaltaciones ni contratiempos, una existencia tersa, sobria y ecuánime. No es cierto, para nada. Me he convertido en lo que una vez juré destruir. Siempre he sido un solitario, salía a dar largas vueltas en la bicicleta, me armaba rutas para pasear dando una larga vuelta por toda la monstruosidad de ciudad que es ésta, en el frescor de la noche. Sus viseras son mi casa. Vagaba como un jinete infernal del apocalipsis espectral, errabundo, en los alaridos del último fin del mundo. Lo cierto, es que a cierta edad, mi salud mermó. Mis vías respiratorias colapsaron. Me enfermaba una semana al mes, a pesar de realizar todos mis hechizos de salud. Comida sana, vitaminas, jugos, etc... Después de 10 años de pedalear, alcancé un límite de salud. Ahora salgo si acaso una o dos veces por semana a dar una vuelta larga por la noche para refrescar mi frente. Hace unos años me burlé de la secta que iba al gimnasio, los comparé con ratones de laboratorio en su laberinto haciendo trucos en sus maquinitas. Hasta planeé hacer un cuadro, fui con un taxidermista para cotizar que disecara unas ratas en pequeños aparatos de gimnasio, para una especie de maqueta a escala que fotografiaría. Me cobraba 300 pesos si la rata la llevaba yo y 500 si la conseguía él. Nunca realicé el cuadro, trabajo como un povera, casi sin recursos, no tuve la paciencia para llevarlo a cabo. Ahora, acudo 5 veces a la semana al gimnasio, porque ahí se respiran menos las partículas de contaminación que nuestra hedionda ciudad despide, con su honorable personal tan consciente y coherente. Me he convertido en eso que juré destruir, en un roedor juguetón de artefactos, con una estúpida sonrisa. Eso sí, gozo de cabal salud y chingue a su madre francia.
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¿qué es la calle? un lomo, con sus erupciones supurantes, sus grotescas llagas apestosas, su mugre reptora e insaciable. una colección de síndromes, entre los que se creen que tienen más derechos que el resto, hasta los que pisotean los de sus congéneres. ruin, mordaz, mezquina y miserable. entre la señora que estorba y piensa o supone o se autoriza a creer que no hace nada, hasta el taxista ventajista. ¿qué harán con sus cinco minutos que nos robaron-ganaron a todos? ¿al final del día esos satisfactorios, valiosos, para nada frustrantes cinco minutos son reconfortantes, los disfrutan y nos los arrojan a la cara? entre el camión de la coca-cola que se detuvo en tercera fila o segunda fila, poco le importa el flujo de los demás desesperantes de este maldito purgatorio de almas en pena. ¿qué es la calle además de eso que se desborda, que se infringe, sin límites? En la bastarda ciudad de los demonios encarnecidos, nadie puede perder su tiempo, son los otros lo que deben pagar con su tiempo. El tiempo con su guillotina, exige su cuota de sangre, suplicio y sacrificio diario. La calle, ese ring de oportunidades para desfogar nuestra fiera interna, nuestras frustraciones cotidianas. La calle, nuestra guerra sin tregua ni refugio, nuestro animal descomunal, es nuestra, la amamos y la detestamos. Dar una vuelta en bicicleta por sus intestinos, colmados de impaciencia y ardor. Repleta de negligencia, de faltas, de transgresiones. Es el monolítico obstáculo por excelencia. La protuberancia acéfala, oh vieja ciudad de hierro, con tus dientes metálicos devorando a tus hijos a diario. Traicionera y muy tuya, puta, soberbia, escandalosa, nunca duermes tu noche estelar. ¿qué es la calle? Los extranjeros te miran, se fascinan, te comparan e intentan imitar a los salvajes. Aquí nadie se queja de algo que ya se salió de control desde siempre, o todos se quejan de algo que ya se salió de control desde siempre...
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Es cierto, trataré de no mentir, al ir a las calles en bicicleta... ¿qué se busca? Drogas. Adrenalina, endorfinas. La adrenalina genera una cascada de emociones vertiginosas, la cercanía a la muerte y sus derivados es una sensación delirante, es la peor mejor sensación que existe, una angustia sin límites. Y las endorfinas crean una sensación de alegría parecido a la morfina, es la droga anti-depresiva por excelencia. Reduce la ansiedad y quita el dolor. No me voy a andar por las ramas negando eso que es evidente. De niño, en chapultepec, en ese parque de árboles y pájaros, había en una sección, una pista. Una pista pequeña con semáforos, desviaciones, vueltas, semejando calles para pequeños triciclos entre la vegetación. Al principio, te sentaban en una banca con una chica frente a un pizarrón y un jis, que explicaba las reglas, daba instrucciones. Te daban un casco y a pedalear. Por supuesto que se te metía un demonio risueño y travieso, eso que en otros lados llaman duende y yo prefiero decirle demonio por toda la connotación habida y por haber a la que estamos acostumbrados. Entonces cometías travesuras, impunes, travesuras. Todavía hoy ese demonio me visita, incita, provoca y motiva. Todavía hoy se ríe del orden establecido. Uy ay ustedes pensarían que yo voy al gimnasio porque uy ay qué sano. Yo voy al gimnasio como un ex-adicto por mi dosis diaria.
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Toda mi escritura está plagada de paréntesis. Conjuntos dentro de otros conjuntos, contiguos, o distantes. Es una matemática de cálculos desordenados, imprevistos, sorpresas, accidentes. Surgen, se desglosan, se deducen o en un giro repentino se pierden para nunca. Aquí no es la excepción. Con sus desviaciones y remansos, con su glosa inabarcable. ¿Qué es de una vida que no contempla?
Tú no te metas cara de verga. La llamo pendeja, porque a quién en su reverenda y miserable vida se le ocurre venir al centro en auto. Pitar desesperadamente creyendo que así avanzará, y encima, en vísperas de reyes. Ahora... te chingas... por pendeja... ¿Ya me dejas de ver así, cara de verga???
Abramos otro paréntesis dentro del paréntesis. Hablemos también de lo aledaño al ciclismo. El entrenamiento y el cuidado de sí. El cuidado de sí consistiría a vuelo de pájaro, en un equilibrio, una suerte de no excesos. Ni poco ni mucho, de nada, es uno de sus preceptos. En la antigüedad no estaba prohibido nada, ninguna práctica era nociva. Lo que llegaba a suceder, era una situación en la que estaban mal vistos los excesos. No saben cómo deploro, a las evidentemente anoréxicas mujeres que acuden al gimnasio enfermas de gripe, de catarro. El cuidado de sí, corresponde o deriva en un cuidado de los otros. Si tú, como es evidente no te cuidas a ti, que se espera para con los otros...?
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Hace quince años probablemente podría haber puesto una cámara en la cima de mi casco y de inmediato hubiese sido cancelado. Funado desde el primer segundo. Al pedalear he ido por la calle sin rumbo, cometo mil imprudencias al minuto, soy una máquina de imprudencias, un torbellino de imprudencias. Se me acerca un ciclista a darme la lección no solicitada, el sermón no pedido, el consejo jamás preguntado. Lo toco en el pecho con mi mano en el corazón: tú eres tú, yo soy yo. Yo soy otro. Y me largo por la calle sin rumbo, cometiendo mil imprudencias por minuto, soy una máquina de imprudencias, un torbellino de imprudencias...
(el ciclista está más próximo al peatón que a la motocicleta)
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En todos lados por donde le veas, hay reglas. Sin embargo, en mx, las reglas no son rígidas inscritas a cincel. En mx, en la calle no entendemos de cruzar en las esquinas, hacemos uso de nuestra audacia, habilidad e ingenio para sobrevivir. No se nos ha muerto esa parte del cerebro que en otros países lo tienen clausurado con las imposiciones supuestamente del bien común, es decir, la restricción privativa de la libertad de elegir, de ejercer su voluntad. Regiones cerebrales que por falta de uso, hablo del régimen planetario de los del norte, se les ha secado, por una cultura de la híper prevención, hiper precaución. Como si pudieran calcular predecir por completo el futuro. De todas maneras, siempre hay lógica, y para transitar en ese medio flexible tienes que anticipar que el otro puede y lo hará, faltará a la regla, y ejercerá la condición imprevista de su posibilidad. Tienes que pensar, al rodar que podría suceder un escenario incierto, es decir lo improbable, puedes estar a merced de la psicosis colectiva, y tu cuerpo no es un objeto de hule, no hay de repuesto. Alguna vez, no contaré las circunstancias del indagatorio, me preguntaron qué haría para desincentivar el uso del automóvil, después de que es obvio, el neoliberalismo lo inventara produjera promoviera subvencionara la infraestructura y favoreciera a esa industria en pro de un individualismo depravado.¿Cómo desalentar a los compradores compulsivos de fierros? Es evidente que no cabemos en las calles, con una sola persona tripulando esa máquina de contaminación por todos lados, desde que se extraen los recursos para hacerlo hasta para que circule servido de combustión de más y más recursos. Un metal a la intemperie, calentándose y calentando todo, haciéndonos respirar la suciedad de sus entrañas. En fin, ¿cómo hacer que las personas se desengañen de la tierra prometida por el motor con ruedas? Hay varios aspectos, desde la comodidad, la pretensión del lujo implicado en estatus, hasta una vida que se desarrolla en torno a ese objeto, segundo hogar, porque ahora viven la mitad de sus vidas dentro de ese vehículo, como una especie de proto-huevo que los incuba al interior de sus existencias enajenadas. La única salida que yo veía y veo, es que se prohibiera estacionar los automóviles en la vía pública. Tienes carro, eso implica un gasto, entonces tendrías que pagar o tener un lugar para guardarlo. Dos carriles se liberarían por todos lados mínimo. Los que no puedan guardarlo, por N razón, no lo pueden tener. Entonces, provocarías el uso de otro tipo de transporte. Sea como sea, ventajas. Pero, como los gobiernos están supeditados al poder económico de las industrias esto no es más que un sueño de opio.
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Se ríen de mí, en los estacionamientos públicos o privados, los guardias, los policías, la gente que pasa, la que ya estaba ahí, los amigos que me acompañan, las palomas, los perros callejeros, los charcos de agua hedionda, se ríen de mí cuando amarro la bicicleta con dos candados y una cadena desconfiado de cualquier lugar, en todos lados me miran con cara de... qué sé yo... pinche loco. Pero nadie, nadie nadie nadie, nAdIE me pregunta cuántas bicicletas me han robado en 20 años. 0,0=0. Yo no tengo un árbol mágico al que le broten bicicletas doradas por el sol. No pago transporte público. Llego antes a todos lados y me siento a contemplar la hermosa barbarie, porque tiene su encanto, no hay que negarlo ni ponerlo en duda. En mÉxiko la gente se baja de la banqueta porque está infestada de puestos, para caminar a sus anchas sobre el asfalto exponiendo su vida, los taxis los camiones bajan el pasaje en tercera fila en donde sea, todos, transportes de carga o particulares se quedan atravesados en medio del cruce de vías en semáforos, etc... A mí me fascina ese caos porque soy un sátiro, me río mientras todo se va a la mierda. Lo disfruto. En mi bicicleta tomo sentidos contrarios porque me importa un pepino lo que de por sí es así, todo está maravillosamente al revés. A quién no le guste, habíamos quedado que se podían ir a vivir a Europa. Siempre está el rancio continente con sus leyes inscritas sobre granito. O a USA donde se las hacen cumplir a los pobres, que son los más, mientras los ricos están por encima de la ley. Habíamos quedado que no se iban a quejar. Mi mamá se preocupa porque sabe que soy un maldito suicida montado en ese aparato sigiloso y veloz. He soñado ser arrollado y despedazado por el trolebús, despierto sudando. De joven, a los 27, daba vueltas en la madrugada como un jinete alma que lleva el diablo, por la ciudad de nadie, en sus entrañas, sólo para sentir cómo duerme ese enorme animal. Solo, siempre solo. No se crean, a veces sí lo pienso... ¿y si me compro un bat de béisbol y lo traigo en la mochila con el mango salido? Por si acaso, por si llueven los vergazos. Yo todavía conservo un magnífico swing.
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Lo del bate no es mentira, hubo largas temporadas que lo sopesé, a veces se hacen corajes montado a galope sobre la bicicleta que deseos de romper vehículos no faltan. Voy a describir tal vez un patrón que todos hemos observado, el de la negligencia y egoísmo de los taxistas. Cada vez son menos, pero todos sabemos que no les importa el bien común, sino su ventaja, carga y descarga pasaje donde sea, se podría justificar su prisa y agandalle porque todo el día persiguen la chuleta como nadie, sufren del acicate de su precaria labor. Ahora son menos porque los autos por aplicación los reemplazan y ahora no identificamos a estos sujetos encubiertos. No vamos a estigmatizar aquí las barrabasadas que conocemos del personaje. Sin embargo, para mí el peor siempre será el auto particular, son mucho más y hay de las más diversas locuras. Como ciclista no le importo, como usuarios de su arma con ruedas yo no los respeto, ni los respetaré, que sepan que es mutuo. Nunca ponen una direccional, se te cierran, no han leído el manual que indica el carril en el que las bicicletas podemos ir al centro del carril, rebasan por la derecha poniendo en peligro a los ciclistas, se creen la gran caca porque viven para pagar un auto, creen que son dueños de la calle, abren las puertas donde se les da la gana sin voltear a ver si venimos, se estacionan en la ciclovía, uy no puedo enlistar la profusa y candente serie de nefastas acciones que cometen a diario, no acabo. Seré sincero, yo hago trampa, porque entreno por mi cuenta, porque la audacia de correr el riesgo en esta peligrosa ciudad de ser arrollado es muy alto. He sido embestido dos veces muy fuerte, y otras tantas leves, con puertas que se abren, me he caído mil veces, sobre todo cuando era novato, aunque aún con experiencia es muy difícil y nadie la tiene comprada, aún me accidento. Ahora bien, por entrenar, las lesiones han sido leves, e inclusive cuando fueron fuertes, no morí. ¿Que si la bicicleta es un juguete? Lo es, de los que mejor diversión proporciona. De la bicicleta intrépida de la que les hablo, que no es una veraniega de paseo, me tengo que confesar. Los primeros años rabiaba por los conductores y su nula capacidad de considerar a los otros. Me imaginaba con el bate, estrellando parabrisas y calaveras, huyendo a contracorriente, con mi buffer cubriendo mi identidad. En los diarios: vengador anónimo convierte en chatarra automóvil de conductor imprudente... No voy a mentir, yo hago trampa, siempre he entrenado un deporte alterno para poderle pegar más recio a la bicla. Paréntesis. ¿cuántas veces les he dicho que los transportes con exceso de dimensiones, ya sean trailers, camiones de carga, pipas, etc, no tienen porqué circular de día? Ustedes a mí me llamarán loco, yo a ustedes los llamo pendejos. Esa tragedia y éste... hágase tu voluntad, se puede evitar, eh. Yo hago trampa en mi ciclismo. Siempre he entrenado un deporte alterno a mi transporte ciclista. Natación, pesas, caminata, he hecho rutas de ciclismo por toda la ciudad de dos horas diarias además de ir a todos lados, etc. Por eso puedo volar en la bicicleta. Por eso si me caigo me recupero en 2-3-4 semanas, máximo en 9-12. En este mundo sólo hay dos tipos de ciclistas, los que ya se cayeron, y los que se van a caer.
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¿Que si me gustaría comprarme una motocicleta? Claro que sí, si soy igual de imbécil que cualquiera. Me gusta el vértigo, la velocidad, la audacia, la intrepidez, la emoción excitante de la adrenalina. El trance de las luces en la noche. Los veo pasar por mi lado en fuga. Eso sí, cuando hay tráfico ellos se atoran, la angostura de la bicicleta pasa por todos lados. Los peatones me hacen jeta o los carros tocan sus claxons cuando me paso el semáforo y yo grito a todo pulmón, méxico, viva méxico cabrones. Arriero soy y en el camino andamos. La altura de la bicicleta me hace ver a los carros como mi ganado, unas manadas de vacas. Y yo grito por las noches mientras huyo iiiiiiiiiaaaaaaa. La motocicleta es una promesa de vértigo, se matan, y yo no tengo problema con que se quieran morir, eh. Mi único problema con que se maten es que salpican. Digo, todos de una un otra forma nos deseamos morir, no tengo inconveniente con que así sea, solo no salpiquen. Imaginen vienes a la tierra una vez en la eternidad insondable y te conviertes en una mancha de sangre sobre el asfalto. La analogía directa de la moto y la bicicleta, es la fábula de la liebre y la tortuga.
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El vago y el tortuga, dos amigos del surco. El vago es flamante, se le ve poco. Cuando aparece entre calles es una sesgo veloz cortante. Es una epifanía verle entre los carros por el centro. En su moto deportiva esquiva elude todo obstáculo. El vago maneja el tráfico a su antojo. El vago, todos lo conocen, saben de él, nunca se detiene, va en un repentino rayo que atraviesa la bruma del smog. La moto diestra que nadie puede pescar. Ni la ley ni otro puede detenerle. Al vago se le ve pasar, los que lo ven, saben que es un día de suerte, un augurio. Cuervo implacable por tenaz. El tortuga es el otro extremo distinto. Casi a diario se cruzan. Tortuga va en una bicla vieja, carga paquetes, diligencias que le encargan. Todo el día lleva, trae en su fierro viejo esos bultos misteriosos, nunca pregunta, va. Embala y lleva. Se le llama el tortuga porque es lento seguro precavido. Todo llega intacto pulcro medido. Es eficiente como un caracol de tiempo. Incapaz de perder nada, astuto. Amarra el bulto por pesado que sea con meticuloso, se toma el tiempo que arrastra. Transporta entre los promontorios que se halle en el sendero de su laberinto hacia el centro del secreto. A diario, por lo menos, se ven, se reconocen, se saludan con un asentimiento de cabeza. Desde hace mucho saben de la existencia el uno del otro. Se observan, se estudian. El vago tiene un ominoso respeto singular por el tortuga, el tortuga jamás estorba el paso fugaz del vago.
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