La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte V

Nada y un poco de algo más

Narraciones inverosímiles.


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La violencia sistemática con la que exigen ser apresados por normas más celosas de su deber. Esa violencia muda, silente, con sus respectivos estallidos impositivos. La tara viciosa de exigir que instauren no sé qué régimen panacea de paraísos porvenir que evitará el miedo y la ruindad. Y a mí se me conmina con esto, a ignorarlos más y más, alejarme más y más en soledades recónditas e irreconciliables.

A veces una mosca ronda mi cuarto, ¿acaso sabrá que soy su elemento más preciado? ¿tantas vueltas para qué, tanta circunspección en torno a mí para qué? que venga y se corone sobre su imperio, se auto-proclame mi dueña. que deje su bisbiseo atorrante para el comentario político. seré el monolito que siempre soñó. moscas, dos días y adiós.

¿no sería más sencillo y apacible no haber existido jamás? esa es mi codicia actual, imposible especulación, no haber echado ni un ojo a esto. mi oficina esta instalada en esa ambición fracasada de antemano. vaya tortura, apenas llegas, ya tienes que empacar. con lo tedioso que es empacar. te lleva la mitad de la vida desenvolver la serie de tramas que se suceden, por variadas o monótonas que sean. y la otra mitad juntar tus pedazos que quedaron desperdigados por el alboroto generalizado de un hecatombe en cada respiro. exasperación de existir, trastorno brumoso el saber que no existiré.

deleitarme con ser nadie. con un atisbo de esto. con la brisa nocturna que golpea mi cara al rodar mi bicicleta por las calles sórdidas e inhóspitas de esta enorme ciudad sucia. diminuta ciudad en comparación con el cielo. una pulga tiene más aplomo que un ser humano, en apariencia hasta está mayor dotado en tecnología, con solo echar un vistazo somero a su monografía, monstruo o vehículo inter-espacial. más fascinante que este roedor bípedo, rumiante de quejas.

Todas las noches, tengo este insomnio lúcido, amargamente feliz, de mi sueños inútiles. Una caravana de improperios y despropósitos, satisfactoriamente tenues. Magnánimos por irrealizables, patéticos por irrealizables. Me ahogo en ilusiones, salgo a flote con estertores. Soy un naufragio alucinado, un dios olvidado que se lima las uñas al atardecer. Por si se ofrece la piel.

Hay un viejo en la plaza pública que arroja granos al suelo, por los que se abalanzan una parvada de palomas voraces. Cuando veo a este anciano sabio y diabólico, paciente y malvado, astuto y perverso, no hago más que pensar en las hordas de fanáticos que se precipitan por las promesas del capital. Es decir, que se conforman con nada. Ese gorgoreo es la gloria de los siglos por los siglos atormentándome con su nada. Un eco de nada.

Nos complacemos con la frugal garantía de cumplir con nuestros cometidos. Esa frase es el compendio de toda esa moral axiomática que se irá a la basura, como el resto de todas esas frases sabias y prudentes, vertedero de mojigaterías que desaparecerán en la turbulencia del tiempo, triturador pleno, rey devastador e impío.

En la naturaleza, la sombra de una nube dura un instante, es móvil, y transitoria. Después eso queda atrás, no hay una permanencia de la pesadumbre. La tormenta se vuelven vapores cálidos. El rapto, el ataque, los momentos de fiereza duran el relámpago, por decirlo de algún modo. El trastorno se disipa, vuelve el sol y sus destellos apacibles, quizá el canto alegre esporádico de un ave aparece tímido, enmarcado por el arcoíris sin sentido que se proyecta sobre las verdes colinas. En lo humano la violencia muda, soterrada, inunda cada instante de lo social, de sus prácticas de intercambio, de sus verbales invasiones, de sus mezquindades mutuas, compartidas y solaces. Todo parece transcurrir en la cordialidad, pero si se tiene la sensibilidad suficiente, si se abre la percepción, y el tiempo necesario para captar el detalle, se notará que esa mentira está adornada aquí y allá. Que la violencia es la raíz, el fruto de la especie el vicio, que es su aliciente, recompensa y ambición constante. No se dedican sino a devastar, en cada momento, con un furor destructivo disimulado en extremo. Cada conversación es una amplitud de la trama que busca aplastar oponentes figurados, ficticios o encarnados o fantasmales. Hasta la "tierna" criatura de la especie, alberga una crueldad sin crédito, es una pesadilla no reconocida, por toda esa representación humana que pinta, enmascara, que ocupa su vida entera en aparentar lo que no son. Gente de paz.

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