La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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Érase una vez que estaba enjaulado, no contaré la serie de hechos que me llevaron a estar privado de mi libertad, el caso es que estaba ahí en una granja, frente a unos tipos que predicaban, una sarta de practica, teórica y racionalmente retrasados mentales. Cuando, de la nada, sacrificaban un marrano afuera, frente a esa oficina de fulanos que subían y bajaban de un podio a recitar sus miserables experiencias. Afuera desollaban un animal cuya respiración agitada parecía hacer tambalear las persianas al ritmo de su desesperación. Por la ventana entraba un sonido claro que te trastornaba como un taladro, fascinante por la muerte y terrorífico por la vida. Era el campo, esa gente estaba acostumbrada a esos gritos enfurecidos e impotentes, llantos, a esos sonidos bruscos de gemidos, sofocantes, de alguien que patalea por su vida, sin escapatoria posible. Los chillidos infernales en el lobby de la nada. Ahí estaba, yo, encerrado escuchando como sacrificaban una bestia a la cual no veía, de la cual no tenía su presencia clara, sus dimensiones ni características, yo, proveniente de la vieja ciudad de hierro que te ignora con sus lumínicas publicidades que te muestran la mejor versión de sí mismos o lo que todos deberíamos soñar y desear y querer. Ajeno, extraño y sin entender ese asesinato, el de ese puerco, eso es quizá lo único que sabía, que era un cerdo descomunal. No visto, no imaginado. Una furia dentro de la tierra, un sonido, era el sonido y no otra cosa, como si con un cuchillo le abrieran un agujero a la tierra. A tajos y ésta, simplemente, chillara como puerca en el lodazal. De pronto un último tronido como de tejidos o redes que se desgarran y después ahogo. Salí, y ahí estaba, abierto en canal. Extendido sobre una mesa larga como la última cena. Todas esas viseras que saetean cromos de metal broncíneo y platino, esa sangre que brillaba como rubíes, y esos reflejos centelleantes al mediodía de la llanura, en ese árido paisaje seco. Esos brillos que parpadeaban con el movimiento de quien ve. Extendido viendo hacia el cielo. La herida borboteante. Como un metro ochenta y cinco. No, con trompa, como un metro noventa y tres. Aún estaba caliente, desprendía un vapor en el fragor del día. Exhalaba un hedor a muerte nueva. El cielo estrenaba marrano.

 

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