La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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Unos con su jerga ofensiva de palabras abrían una brecha filosófica de la extrañeza, de lo raro por ser inadecuados, antisociales, huraños, característicos de su violencia disruptiva verbal. Los otros con sus metáforas juegos de palabras sexuales brindaban una atmósfera del sentido doble o triple, excesivamente rico y florido. Nunca he entendido los pudores de las clases altas, sus silencios incómodos, sus temperamentos graves, la poca algarabía o fiesta en torno a su animalidad. El asco hacia su animal terrestre. Quiero honrar a mi familia con lo siguiente que escribiré, los dos lados de mi familia. Sus ramas, sus flores y su frutos marchitos o henchidos. Tenía algo, y lo olvido y luego vuelve. Mi herencia fueron, por una rama la grosería atinada, el descalabro de una pedrada puesta en su sitio y por el otro el albur, el retruécano, la metáfora soez. Cada vez que recuerdo mi infancia, que no podía hablar, que era entender de lo que hablaban, a lo que jugaban sus palabras, sus dichos, las resonancias y de dónde es que provenían. Cada rama con sus ramas, sedimentos, erosiones, de una transmisión lejana y sin tiempo, de un torrente no presente salvo en el aire caliente de esas palabras. De historias y leyendas perdidas y recuperadas en el instante del volado, de la canica, de la rayuela, el azar puesto en juego. A veces creo que todo eso devino en mí un estímulo vulgar, una suerte echada al vuelo. Me animó a decir, que viva la palabra, poetas son y en el aire las componen. Una familia vilipendiosa, enjundiosa enérgica, la otra arrabalera y aventurera. Una mezcla de acertijos, de transparencias, de sangres revolcadas. Si el río suena es porque agua lleva. En algún punto, las groserías son un estado alterado de la supuesta conciencia auténtica, son lugares no uniformes, ambiguos, estados de estupefacción. Anonadan y alteran el estado ecuánime emocional, lo proyectan hacia una realidad que se tambalea, cuyo temblor angustia fibras no conocidas hasta ese momento, se sacude y promete la caída, la caída que todo ser viviente añora, la caída sin fondo prenatal. Es la pérdida del pie reconocido. Es la perdida del pie reconocible.

Pendenciero, esa es la palabra. Vago, jugador y vividor. Huérfano fue recogido por los padres de la iglesia, rescatado de la miseria, como se recoge un gato entre la basura. A temprana edad, observaron su virtud de dibujar, su aptitud para ver. Lo llevan a ser aprendiz de pintor, a preparar colores, a trazar, a ser diligente. Pronto supo las artes del realismo en el juego que hace la luz con sus diáfanas sombras. No quitó sus aires de calle, homosexual, bebedor y pleitero, entre sus estudios de pintura, se tomaba temporadas de farra y tropelía. Casi mata a uno. Escapa. Se dice que utilizaba a prostitutas para pintar vírgenes en la iconografía de la iglesia, pordioseros harapientos eran contratados para hacer de apóstoles, niños vagabundos posaban de milagrosos arcángeles, bebés abandonados querubines. Esa era la justicia que podía alcanzar para con los despojados. Uno que otro joven Baco rubicundo sería su amante fortuito y fugaz, mientras fuese inmortalizado en un lienzo ardoroso. Mata a otro en una disputa por desavenencias en el juego, trampas y jerga embriagante. Huye a Sicilia. En el exilio pacta con el papa su indulgencia vía misivas. Al regreso, pobre y se dice que enfermo de malaria alcanza a pisar la tierra al bajar de un navío extraviado. En la playa es apuñalado por la vendetta. Enfermo, muere agonizante en la arena, con las olas golpeando su rostro. Sus restos se los traga el mar. Sus cuadros, son de una luz y unas sombras casi vivas, que asesinan.

Estábamos seguros de que el libro llegaría a la edad correcta en el momento justo y que no habrían reclamaciones por la traducción del paisaje en su debido instante elegido. Toda esa expectativa puesta en el libro defraudó rápidamente a los que esperaban más del libro. Existe una cantidad idéntica y exacta de libros inconclusos a la cantidad de libros terminados. Libros inconclusos que quedaron tajados, que no conoceremos su final. Estrujaron el libro entre sus manitas esperando sacar más sustancia del paisaje traducido. Cuántos lamentos, cuánta lloradera, y cuántos descalabros propició la decepción del libro, cuánta gente se desbarrancó cuando el libro estuvo en su cuna gorgoreando, o por la alfombra gateando. Se inundaron cabezas con rabietas de baba espuma y líquido provenientes del paisaje adquirido, supuraban mocos desde unos cerebros morados como flores o como espejismos o como promesas o como futuros truncos, mocos.

Que todos sean como todos sean. Eso sí, quiensabe cómo sean.

Me veo llegando tarde a mi funeral.

83 aqua di bb



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