La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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El padre de Diógenes el cínico dedicó su vida a fraudar y robar. Enseña a su hijo. Ambos van a ser descubiertos, son capturados y enjuiciados. A Diógenes se le exime por su juventud. Toda su vida, irá por las calles a pleno día, con una linterna de aceite encendida, vaga rodeado de perros, en busca de un hombre honesto, nunca lo encontrará.

... aquí en el maravilloso país en el que sólo te respetan si tienes dinero. cuánto tienes cuánto vales. cuánto vale lo que dices lo que haces. no me extraña que el latrocinio sea una práctica de común acuerdo, reglamentada, normalizada, legalizada, con sus respectivas jerarquías y valores morales, con sus prohibiciones, sus permisos y omisiones. sus persecuciones sin efecto real, sino como enmascaramiento del poder. con sus indulgencias y/o sus castigos, respectivos a cada clase. ser pobre le corresponde al ser humilde, está bien ser pobre. ser rico es inmoral, así reza el proverbio en la idiosincracia del territorio, pero, todos desean ser ricos, todos desean ser inmorales dentro de sus cabezas locas, todos desean estar por sobre los otros. que sigan siendo pobres los pobres y los que no, saben, a robar se ha dicho, impunemente a manos llenas, o medio llenas, da lo mismo. La clase media exige derechos porque sabe que no los tiene, aspira a ser rico para no tener que necesitarlos y recurrir a ellos, promueve los derechos por su propia conveniencia, no porque esté convencido de raíz, a mí sus hipócritas demandas no me gobiernan. A los pobres se les educa, tanto abiertamente como subliminalmente, a saber que tienen derechos que nunca se ejercerán, se les enseña a descreer en creer y viceversa. Los ricos no necesitan de los derechos, creen que con el dinero lo pueden comprar todo. Y a veces lo logran, compran toda voluntad o deseo. Compran a sus familiares, el querer el cariño el dolor y el placer, los indultos, el perdón eterno, la justicia terrenal, el amor incondicional, con herencias cuantiosas que les aseguran un despótico poder trascendental a su carne, previamente caduca. Una pintura de retrato en un salón vacío que limpia un plumero titubeante.

¿Existe el alma? Supongamos y demos el beneficio de la duda, a que sí existe el alma. Que sería la justificación para no hacer del pensamiento y los actos la debida responsabilidad de este cuerpo palpitante, plagado de pulsiones regadas e intento de ser contenidas. En esa dualidad, entonces, arrojados a una exterioridad limítrofe y una vida interna secreta. En cuya corteza nos separa de lo que nos rodea, suponiendo además, que esto no nos tiene atrapados en esta dimensión. Habría que alzar la hipótesis de que existen almas duras como piedra, que se reblandecen con insignificancias ridículas (lo he presenciado, el almíbar con el que se derrite un tirano) y cuya corteza exterior dura a su vez los protege, se protegen de no ablandarse, de no quererse mostrar vulnerables ante lo que probablemente consideran a su vez, duro, pretenden que no morirán. Para el ser duro el exterior es duro o al menos eso aparenta la violencia a la que se sujeta el ser duro. En cambio, alguien blando se esforzaría por volverse duro ante esos duros, pero, resulta por paradójico que se sea, que ese blando jamás alcanza a endurecerse y basta con darse por vencido para por dentro reírse de todos esos duros zoquetes del alma, que creen que no se diluirán a su vez, por más duros que sean. Vivimos siendo unos terrones de azúcar amargo para el café de una plática, en el mayor de los casos banal, que no presenciamos. Esperando el amanecer en que alguien o algo nos aviente a la sustancia oscura de ya no saber más nada. Liberarnos en la plática matutina de un zoquete que hizo todo esto como pretexto o antesala para revelar su verdadera inutilidad.

Es como que se cree que el contenido es como una especie de gelatina contenida como alma. Cuando es que se cree que ese "contenido" o gelatina, llámenle como quieran (hasta podría decir con mayor certidumbre excrementos), se cree que no se manifiesta y crea la forma, se expresa en la forma. El contenido el capullo, la forma la flor. Por lo que además, se cree que el contenido está contenido, cuando es en realidad que se desborda de momento en momento, todo el tiempo en un reguero de instantes inconstantes y de los que la razón quisiera dar cuenta cada vez que habla, como una lengua que tropieza consigo misma. Sólo hay que escuchar a los intelectuales en el radio para entender la magnitud de que son marionetas, horrendos guiñapos de lo que hacen e insisten por llamar el espíritu. Quisieran ordenar, dejar fijo en una especie de materialidad intacta y fría su pedazo de razón de ser, su pedazo de caca sobre este mundo, mientras el tiempo, mi aliado, los devora riéndose como un niño que juega, los borra de un plumazo.

Nada tan colmado de absurdo como creer que la realidad está llena de contenidos. Cuando es la realidad la que se ocupa de hacer ver que está plagada de infinitos vacíos. Sucediéndose, alternados, quebrados, yuxtapuestos, vacíos. Creo que, bajo la lupa de un rigor dudoso, a lo largo de la historia metafísica de la humanidad, ésta ha estado, para decirlo amablemente, hipnotizada de finalidades, en su conjunto como un animal dios agonizante agitándose en la nada, buscando sus fines. Basta observar la ingenuidad del hombre moderno creyendo que era principio y fin. Su narrativa plagada de fines, de para qués, de llegadas. Su decepcionante condición abyecta de la que se satisface su nimio carácter sobre la nada, su triste soliloquio de andamiajes endebles, provisorios, de banales esperanzas que por cierto, nunca llegan a destino.

Cuando alguien pretende enunciar lo mejor, sólo nos deja ver lo limitado de sus posibilidades con respecto a sus propias condiciones. Nos presenta su pensamiento en flor a punto de marchitarse y caer. Nos está regalando sus más íntimas pobrezas, su basura. Cuánta atención, además, hay que terminar agradeciendo en este mundo infame de baratijas y fantasías de vidrio molido. Cuánto letargo y hastío hay que soportarle a la rabia cotidiana por su razón de ser, por zurrazon de ser.

La fotografía nunca dejó de ser pintura. La pintura nunca dejó de ser un juego.

     

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