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Tuve una relación de amantes, por un breve período, con una mujer que un día me dijo: Me casé con él porque tenía buen aliento. Me equivoqué, qué tonta. Retornaría al primer momento en que le olí el hocico.
Lo que hacemos los artistas semeja una prostitución velada. No creo que haya nadie que haga esto por necesidad, por una necesidad que lo obligue, que los subyugue. Si fuese así, se haría otra cosa, probablemente se abdicaría en una decepción deprimente, abandono punitivo, igualmente velado. Se hace en motivos inconscientes, y en esto quizá radica la riqueza torpe de las prácticas, por placer o por obligación. La obligación estaría ligada a una tortura auto infringida al que ejerce un poder limitado, por más extensivo es limitado, por más extensivo se diluye. Y el placer a la libertad del que ejerce la práctica sin rumbo, sin propósito, sin ley y sobre todo sin acuerdos previos, que igualmente se diluye.
La idea de que las ideas son sagradas. La sacralización para volver a la idea infalible e invulnerable, al origen. A la incubadora de una identidad perteneciente. Todos tenemos un presentimiento del origen errónea, asumida como letal, suicidio de altar.
Una de mis teorías banales es que el cerebro está conectado a todo el universo, quien no lo emplea en su totalidad, oséase todos, es porque no está conectado a todo el universo, porque nadie está al sumo en su vida en ningún instante hiper aquí. Mientras que, quién piensa en cada partícula inter-conectada del universo (oséase nadie), hace que su cerebro regule y active esos recónditos sitios hipertensión nebulosos entre el tiempo de la edad del cosmos y su mismidad nula e irrisoria. Es necesaria una escéptica visión para poder entrar hacia la oscuridad inconmensurable, salpicada de luces colores y sin sentidos abrumadores, atónitos espejismos perecederos, cataclismos carnales, premonitorias pérdidas invaluables.
El que lleva su oficio hasta lo imposible empuja los límites en la praxis. El profesional es el que “conoce” los límites y profesa con entusiasmos, no sin caer en un patético ridículo triunfante, que otros vayan en la búsqueda de esos otros horizontes. Los trampolines para los niños, para divertirse, para qué más. La idea es la visualización de esa materia intangible, es decir en la nada, en lo intocable, una proyección de lo que podría ser y nunca lo que es. Nunca profanamos el sueño de nadie. La idea es intocable porque no está limitada a la realidad, a sus escandalosos simulacros y sus pordioseras miserias fustigantes. Las palabras, por otro lado, no son lo real. El que toca se electrocuta y contagia su plegaria de farsa epidérmica pestilente hacia los otros, esperanzado en propagar sus miserias tristes.
Hay una lectura que hace un filósofo sobre la lectura que hacen otros sobre la obra de I. K. Yacen los papeles sobre el escritorio de lo escrito. J.L. pone a dialogar a I.K. y al M. de S.; Obra en la que logra detectar que preexiste un goce sádico al hacer cumplir las máximas morales sobre el deber. El que hace cumplir el deber, goza sádicamente.
Es una locura, tengo demasiadas fotos que nunca vuelvo a ver. Pero, recuerdo haber hecho la fotografía y a partir de ese acto es que recuerdo lo que sucedía dentro de la escena. No tengo ni que dirigir mi mirada hacia esa fotografía físicamente otra vez. Con el sólo acto de recordar el acto y el ángulo, la visión, como en un sueño que igual pudo no haber pasado, puedo volver intacto a través del tiempo y muchas veces, en demasía, cambiar todo el pasado en mi imaginación.Volver a pintar las escenas de mis recuerdos, cambiarlas en el inconsciente consciente. El recuerdo es imposible.
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